Un camino difícil, pero ya explorado. Un género que todos avalan pero nadie compra. Un origen que se desmiente por la mirada de la industria. Esa eterna lucha entre la relevancia del cuento y la novela, sobre la supremacía del sobrevalorado y sustuoso género mayor sobre otro menospreciado y austero menor, sobre uno que sirve de entrada y el otro de consolidación son lugares comunes más para la industria editorial que para el lector común. Y en ese juego también han ingresado los autores que consideran que para ser avalados como tal -como si esto ya no lo hiciera su dedicación y decisión de publicar- se precipitan sobre la novela, que como forma en el ámbito del industria, les permite ser visible. Al cuento le han dejado en este plano: la función de anunciar promesas. Vademecun filtro que decide quien puede llegar a tener alguna virtud en sus letras. Catalizador lirico para posibles exitos en ventas. Boleto de entrada para un universo de ficción.Pero el lector consagrado y el neófito conciden que el cuento es una constante en el espíritu de los hombres. Es un verdad que se narra para ser ficción. Es un fractal. De ahí que se pueda pasar de uno a otro sin un requerimiento mayor al de quere escuchar: el cuento como artefacto múltiple para la percepción de todos. El cuento como aleph.
Ahora, despues de tanto -desde el conde Lucanor, hasta Goytisolo o Aub- España parece darle al género un oportunidad en el mercado de la edición con un papel más protagónico. El diario el País reseña una mirada del mercado editorial español -del que somos aún tan colonizados- al género cuento y sus posibilidades. Es importante, pero no lo único.
No siempre la abundacia es virtud. Recuerden el cuento de Sensini de Bolaño, donde el autor es mercenario del género para poder vivir. Para este lado del atlántico el cuento estuvo ligado siempre a esa oralidad que nos estigmatiza. Grandes autores, grandes representantes, grandes discuciones, pero siempre un desconocimiento en el plano editorial, una gran promesa que no se quiere cumplir. Pienso en el premio Rulfo de cuento. Se celebra cada año, tiene un prestigio consolidado por su nombre como por su convocatoria. Pero de seguro, nadie podrá mencionar a más de tres autores que a través de este premio hayan sido representativos en el panorama literario con una edición de un libro de cuentos. Igual para estas tierras. El premio nacional de cuento ciudad de Bogotá es un estímulo para todo escritor en ciernés, pero para el lector y la escena local no significa mucho. De su veintitanta versión solo recuerdo dos títulos: Tra
vesía del vidente de Mario Mendoza, que a pesar de ser una distintiva colección de cuentos, el autor reniega un poco de ellos al considerarlos un ejercicio de estilo que nada dice de sus preocupaciones como artista. El otro: Cinema árbol, de nuestro incandescente y efímero infant-terrible-vedette, Efraín Medina, y que gracias a estos alardes fue reeditado por Planeta. Del resto de versiones y títulos no sabemos nada, son puro cuento. En el plano editorial nacional -que sí, es pobre, monpolizado y poco independiente- gana en impacto una reciente colección que edita Panamericana, "solo para adultos" y que ha tratado de mostrar tanto autores nuevos como consolidados dentro del género: Junieles, Cote, Paredes, Rubiano, Lina María Perez, se ahogan entre la múltitud de promociones y volúmenes de Feng-Shui, Cohello, y Prepagos que abundan en las mesas de estas librerías.Desde leyenda, hasta microrelato, desde la fábula al short-story, el cuento es una constante de la cultura, formaliza y anticipa a su tiempo, se sitúa en linde del entretenimiento y el conocimento, permea a todos los lectores, aborda cualquier tema. Ya sea laboratorio de ideas, caldo de cultivo, coctel molotov de insurrecciones manidas, el cuento es eterno así solo sirva como fraude para la cópula.
1 comentarios:
Para mí sigue siendo válido lo de la teoría del boxeo (se me olvidó cómo se escribe la expresión aquella...). Ando regresando al cuento, así que su entrada me gustó mucho. Gracias.
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