28.1.10

El hombre que rie...y muere....Adios a Salinger




No sé si ha muerto. ¿Cambia algo con la muerte de Salinger?

Después de tanto silencio, de pensar que su misántropia lo protegió de las vanalidades y la presión de celebridad que lo rodeaba, queda el vacio y la inquietud de pensar que Salinger encontró algo que le cambió la vida. Como si al terminar de escribir una frase encontrara el mantra oculto que le revelara el sino de la existencia. Pero también se sabe que la inmortalidad no está en el credo; está en la memoria, y Salinger es la memoria de la virtud del hombre en el límite de sus tristezas y el trascurrir de una vida monótona y gris. Salinger es la consciencia de un hombre aislado de sí mismo por el común de los dias, que encuentra en sus relaciones con otros la única forma de validarse, asi se dé cuenta que es un maleante desfigurado, cruel y meláncólico.

Ahora se caerán las plegarias que durante medio siglo acompañaron la figura de este Pez Banana. Al final -este, el de hace tanto- Salinger lo dió todo y se quedó en silencio, resonando en nosotros como un ruido blanco para mover nuestra conciencia.

In memoriam

(...) "Único hijo de un acaudalado matrimonio de misioneros, el "hombre que ríe" había sido raptado en su infancia por unos bandidos chinos. Cuando el acaudalado matrimonio se negó (debido a sus convicciones religiosas) a pagar el rescate para la liberación de su hijo, los bandidos, considerablemente agraviados, pusieron la cabecita del niño en un torno de carpintero y dieron varias vueltas hacia la derecha a la manivela correspondiente. La víctima de este singular experimento llegó a la mayoría de edad con una cabeza pelada, en forma de nuez (pacana) y con una cara donde, en vez de boca, exhibía una enorme cavidad ovalada debajo de la nariz. La misma nariz se limitaba a dos fosas nasales obstruidas por la carne. En consecuencia, cuando el "hombre que ríe" respiraba, la abominable siniestra abertura debajo de la nariz se dilataba y contraía (yo la veía así) como una monstruosa ventosa. (El Jefe no explicaba el sistema de respiración del "hombre que ríe" sino que lo demostraba prácticamente.) Los que lo veían por primera vez se desmayaban instantáneamente ante el aspecto de su horrible rostro. Los conocidos le daban la espalda. Curiosamente, los bandidos le permitían estar en su cuartel general-siempre que se tapara la cara con una máscara roja hecha de pétalos de amapola. La máscara no solamente eximía a los bandidos de contemplar la cara de su hijo adoptivo, sino que además los mantenía al tanto de sus andanzas; además, apestaba a opio. Todas las mañanas, en su extrema soledad, el "hombre que ríe" se iba sigilosamente (su andar era suave como el de un gato) al tupido bosque que rodeaba el escondite de los bandidos. Allí se hizo amigo de muchísimos animales: perros, ratones blancos, águilas, leones, boas constrictor, lobos. Además, se quitaba la máscara y les hablaba dulcemente, melodiosamente, en su propia lengua. "
J.D Salinger. El hombre que rie; Nueve cuentos. 1948.

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