10.8.09

Bitácoras del Sur -No aceptamos malos comentarios acerca de Maradona y Se prohíbe escupir en el suelo (Boca y el Tortoni) -Simulacro-



Fue en un mismo día. Gracias a esa guia de la casualidad en la que se volvió Carolina -y de la que sigo estándo muy agradecido, aunque no sepa de su presente- estuve en dos sitios a los que no habría llegado por mis propios pasos.




En Boca roban, Boca es denso, Boca es el Buenos Aires de arrabal y del sur, del puñal y la astucia, de la delincuencia juvenil, de la ley inconclusa. Boca es más latinoamerica que refugio de inmigrantes. Boca es el aleph de este continente. Boca es Sao PAblo, Boca es Caracas, Boca es el D.F, Boca es Bogotá. La artesania y el ladrón, el tango y la violencia, conviven en un barrio que se abre a los turistas en Caminito y la Bombonera y se cierra en la Costanera y los puertos olvidados de los rufianes de turno. Insistí pero no teníamos licencia para ir hasta esa zona, así que me conforme con el colorido de vecindades llenas de harapos artificiales y de artístas menores con cuadros de souvenirs. Caminito es igual de grande a las postales, una farsa turística que existe más por un recuerdo que vende que por una costumbre que se necesita. Poco del Buenos Aires que se vé en la representación es el que realmente existe. Un simulacro de sí mismos para una memoria que no quiere olvidarse de algo que ya no se es.





Saliendo de allí se escuchó el vitoreo -que despues odiaré- de los cánticos de las barras arengado a los once de la tribu. Retumbar de tambores, tropetas e insultos se abrian por las calles del barrio. Poco a poco el estruendo aumentaba anunciando el eterno clásico, el partido de turno. Al doblar una esquina cualquiera, de la nada, aparece la Bombonera incrustada a las malas en la escenografía del barrio. Un edificio amarillo y azul que se alza de repente. Los gritos y los cantos seguian, las calles vacias y la ausencia de camisetas me confudieron: era viernes y el partido y las barras eran una grabación de alta fidelidad de los sonidos naturales de este ecosistema. Como la opera de las ballenas, o los sonidos del agua-mantra-zen, el estertor natural de la Bombonera se vende digitalizado para aquellos que necesitan una orbe de fanáticos como ruido blanco para su insomnio. Otro simulacro de una pasión que se volvió artículo turístico.

Maña de exiliado adrede, es buscar un poco de eso de si que se dejó atrás, y claro, las estrellas de Cordoba, Bermudes y Serna fueron las que casualmente encontré con facilidad en la acera del estadio. El museo de Boca Juniors demuestra que no toda pasión es fingida, que un exiliado corre y aprende a querer una tierra ajena como propia. Que un color se alza sobre la nacionalidad y que un himno se grita con todo la entrega necesaria para crear un mercadeo digno de admiración y ejemplo. Boca Juniors es un equipo, es una pasión ciega, pera también es una marca, es un símbolo y una alegoria. Por eso alrededor de él se pueden encontrar sinceridades y anhelos y lucro y ambiciones. Las copas, las camisetas de todas las épocas, las historias de jugadores que se vuelven héroes de paso, son una forma de mantener un mito que se hace cierto en las canchas y en las cajas del museo con un recorrido por algo más de veinte mil pesos. El museo lleva como misión hacer que todo aquel que reconozca el mundo Boca crea que es el único que existe y que el lenguaje Boca, diga cuanta Boca debe haber en un alma-Boca y que se vuelve el único Bocablo de un idioma más mediático y real que el lunfardo de otrora. El Boca y la Bombonera real, estaban separadas de mi por un reja que no me dejó tocarla y que hacia que ese mundo fuera tan admirable como inalcanzable.




Después de caminar toda la tarde por la costanera de mostrar: Puerto Madero, después de encontrarme a Fangio con su Mercedes de bronce escondido en el centro de una alameda solitaria, como si al haberlo ganado todo la velocidad de su bólido, después de tanto tiempo, fuera una estática carrera, llegamos a un lugar por donde ya había pasado en la mañana anterior pero la formalidad del esmoquín del portero me habia repelido. Ahora más de cerca, este café se convertía en uno más de esos lugares donde el espíritu bonarense se regodea de una herencia que los hizo famosos pero que también ya suena añeja.






El Tortoni se aferra a sus ya pasados cien años como un emblema de un tango que ahora se ve refinado pero que en algun momento fue peligroso y ruin. Donde a pesar de unas esculturas de Gardel, en el fondo se escuhase a Santaolalla y su banda. El exceso de madera hace pensar que en algún momento esa barra fue birlada por maleantes que saltaron a golpes las copas y de paso tocaron a algunas de las meseras. Ahora es un cuadro quieto de postal donde todo reluce con un exceso de laca y cristal. El Café Tortoni es un lugar preciso para sentir la dualidad del tiempo, un recuerdo no vivido y un presente falso, fingido. Pido un recomendado de helado de canela. Vale cada bocado, su recuerdo se queda en mi por todo el viaje. Entre pasillos iluminados enmarcados en espejos, una sala reservado para el show central de tango donde los trajes de noche, las lentejuelas y los mocasines desfilan ante el acomodador con cara de Capone, yo paso hacia una sala exclusiva para fumadores donde en virinas empotradas se guardan fragmentos de la historia del café y de Buenos Aires. Objetos de publicidad que dejan con el paso del tiempo y su inutilidad, la idea de que ahora este café solo sirve para adornar una ciudad. Afuera de la sala unos maniquis de Borges y Gardel en gesto eterno lanzan una última mirada a ese Buenos Aires que ya no existe.




Al salir del Tortoni me deje convencer por una jalador de calle para que asistiera a una milonga show por un mínimo precio y todo incluido. Sentí que era justo que terminara ese día de reminisencias con un: sentimiento triste que se baila, como diría Sabato, así que decidí adentrarme en una calle oscura cerca a Florida. Me imaginaba el baile lento, el sombrero inclinado, la abertura de un traje en un pierna esbelta. Me imagine un copa de vino y un cigarro alrededor de una música parsimoniosa con sentencias letales. El jalador insistía con necesidad y gracia y me empujó a un local con un puerta enorme de cristal. Adentro dos mujeres desnudas se me abalanzaron fieramente. Yo solo veia sus enormes quijadas y narices y recordaba una frase del taxista que me llevó del aeropuerto al hotel: en Buenos Aires todas las putas son extranjeras, paraguayas en su mayoría. Una imagen perfecta para cerrar un día de una ciudad que se envilece y engaña con sus recuerdos.

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