Sin haber dado muchos pasos adelante se siente que ya no hay vanguardias. Sin entender muy bien ningún trazo la obra de arte no necesita escuelas ni rigores de critico. Llegué al MALBA (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires) a tientas, casi por abstracción. Un enorme semáforo multifoco se eregía a la entrada y una fila somera anunciaba que ese día el ingreso era gratis. Reconocí pocos artistas, sus obras no generan en mi mucho impacto: ignoro el sufrimiento un poco desmesurado de Frida, me da igual la sensación de origen de Jacanamijoy -creo que es la primer vez que escribo su nombre- desconfió de la obesidad de Botero. Estas obras están allí en exposición permanente y se alzan como totems de un estética inconclusa.
Ahora el más desarticulado avance de las artes en latinoamerica parece fundirse entre los siempre avales de galerias arribistas o de performances cargados de sensaciones exageradas. Allí en el MALBA parecía que algunas nuevas propuestas se ganaban un espacio en la pared por tratar de valerse por si misma sin la venia de una firma o un cocktel fingido. No recuerdo sus nombres pero quedan en mi memoria tres obras que llegaron sin mucho requerimiento ni prejuicio a mi goce estético.
Una serie de cuadros enmarcados en vidrio blindado mostraban fotografías del artísta en su encuentro furioso con disparon hechos a quema ropa. Las marcas de calibre 38 se incrustaba en el vidrio dándole sentido al movimiento frenético fijado en el obturador. Un sueño de poderse disparar a uno mismo sin entrar en la reflexión suicida. Era un atentado onanista, una vendetta personal contra si mismo.
Una malla multiforme unida por nodos móviles que en constante dispersión creaban múltiples formas. La versión material de los diseños de los túneles de gusano o de homero en 3d. Ubicada sobre el techo de uno de los pasillos, su presencia solo era descubierta por el visitante al ver a otros tantos mirándo fijamente hacia arriba. La malla se movía lentamente creando diversas formas y envolviendo con su magnetísmo a todos los presentes. Al verla sentía toda la frustación de las cientos de planchas de dibujo técnico que nunca pude hacer.
Ya cansado del recorrido por las salas, decidí sentarme en una silla ubicada en uno de los pasillo. Las personas pasaban y me miraban como parte de alguna instalación aunque mi imágen no llegaba ni arte callejero. Al tratar de entender noté que la silla en la que estaba se extendía por el pasillo hasta descolgarse por los balcones por todos los pisos del edificio. Las líneas de madera que la conformaban se perdían en su extensión y se enredaban como lianas de una selva pérdida e inexistente en esa ciudad llena de edificos viejos.
Después de varias advertencias, el servicio de seguirdad me instó a retirarme del museo por estar tomando fotografías con mi celular. El arte no cambia porque se haga un mueso solo para nosotros.
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